Es posible que, ante una petición de los demás, nos resulte difícil negarnos. Quizá pensemos que, si no hacemos lo que nos piden, los decepcionaremos. En realidad, nos da miedo que dejen de contar con nosotros, incluso de querernos. Pero, sorprendentemente, suele ser al contrario; saber decir “no” nos revaloriza y contribuye a crear relaciones más saludables con los demás y con nosotros mismos.
Normalmente consideramos la palabra no como un término negativo, un rechazo. No hay duda de que es una negativa ¿pero de qué tipo? ¿Supone realmente un rechazo o es más bien una forma de evitar un compromiso que no deseamos?
Al analizar la independencia emocional, aprendemos que a veces la palabra más débil y peligrosa es sí. En las siguientes situaciones ¿cuál sería la respuesta correcta, sí o no?
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Una compañera de trabajo que es muy perezosa nos pide con frecuencia que la cubramos, asumiendo en secreto sus tareas a cambio de invitarnos a comer algún que otro día.
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Un amigo, que es muy descuidado, nos pide que le prestemos algo que para nosotros tiene mucho valor.
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No disponemos apenas de tiempo libre para evadirnos, cuando alguien nos pide que lo ayudemos en una mudanza, lo que supondría invertir todo el fin de semana. Además, estamos ya estresados y cansados.
A muchos nos resulta difícil decir que no por temor a decepcionar a los demás, pero también a nosotros mismos. Nos gusta pensar que podemos hacerlo todo, decir que sí a todo.
No queremos admitir que nuestras energías son limitadas, A veces ni siquiera conocemos nuestros límites y acabamos sobrecargándonos y perjudicando nuestra salud física o mental por haber dicho que sí cuando en realidad queríamos decir que no.

El rechazo de un niño.
Cuando el no sirve para nuestra independencia emocional se convierte, paradójicamente, en una palabra positiva. Los niños, pese a ser dependientes emocionalmente, aprenden a pronunciar la palabra no a los dos años de edad, y normalmente no tienen ningún reparo en manifestar su rechazo. Y es que hay que tener en cuenta que los niños están íntimamente en contacto con sus necesidades.
Pero, a medida que crecemos y desarrollamos relaciones afectivas, laborales y de amistad, nos cuesta más contrariar a las personas: vamos siendo conscientes de las necesidades de los demás, y eso hace que, a veces, nuestras necesidades entren en conflicto con las de los otros de forma inevitable. Es aquí donde la independencia, enraizada en la autoestima, puede desempeñar su papel.
Las personas independientes saben que ha de protegerse para ser capaces de presar ayuda. Pero aquellos que dependen de la aprobación de los demás dirán que sí a menudo a pesar de sus propias necesidades. Y eso no solamente les costará tiempo y energía sino que hará que se sientan enfadados consigo mismos y resentidos con los destinatarios de ese sí dicho a regañadientes. Actuarán de mala gana, lo cual no contribuye nada a la serenidad.
Es muy importante que seamos capaces de decir que no en los mementos decisivos de nuestra vida. Como terapeuta, conozco a unas cuantas personas que dijeron que sí en el altar porque era lo que se esperaba de ellas, a pesar de sentir que era una error. Esos matrimonios fracasaron, muchos después de años de infelicidad, lo que puede tener graves repercusiones incluso durante generaciones, especialmente cuando hay hijos. Pensemos ahora, por ejemplo, en alguien que se convierte en arquitecto solamente porque su padre lo era, cuando en realidad su pasión y su talente estaban dirigidos a la gimnasia. Las personas que son dependientes toman decisiones y se responsabilizan de ellas.
Una negativa sin culpa
Tenemos que volver a aprender a decir que no, no cuando teníamos dos años de edad. Debe ser un no sereno y libre de culpa, fundado en el conocimiento de nuestras fuerzas y capacidades en un momento dado. De hecho, tampoco hay una necesidad de que sea una negativa abrupta, si no que podemos emocionalmente de una persona, es probable que nos sintamos muy culpables si nuestros deseos no coinciden con los suyos. Ello ocurre porque esperamos que esa persona nos dé seguridad o felicidad; ella, por su parte, desempeña su papel proporcionándonos lo que creemos que queremos. Llegados a este punto, nos sentimos en deuda y culpables si no complacemos sus deseos. Pero esto nada tiene que ver la culpa legítima que supone una transgresión o un agravio reales, sino que más bien se trata de fantasía de deber algo a una persona de la que esperamos de forma irracional que no haga felices.
Relaciones basadas en la compresión.
A diferencia del sí inmadura de las personas que siempre quieren complacer, el no adulto es una palabra que corresponde a un ego maduro y desarrollado. De este modo, las personas independientes, que saben estar solas, que se conocen bastante a sí mismas y que aceptan sus limitaciones sin menoscabo de su autoestima, aportan fuerza, honestidad y riqueza a sus relaciones. Son relaciones que nunca se verán afectadas porque uno diga: “No, no puedo verte este fin de semana”, porque ese erigen sobre un terreno mucho más firme que la obligación o el halago. Estas relaciones están construidas a partir del respeto y de la mutua comprensión.
Y es que el no dicho serenamente y sin culpa es una palabra mágica capaz de crear en nuestra vida nuevos espacios, nuevas posibilidades.
P. FERRUCCI Y V. REID. REVISTA MENTE SANA. MES DE AGOSTO